La hora del almuerzo, el café de las seis y el portugués que se nos coló en la sala

Hay sonidos que tienen el poder de perforar el tiempo. Para cualquiera que haya crecido en el Perú de los años ochenta o noventa, uno de esos sonidos no es una canción de rock en español ni el comercial de moda. Es el rasgueo de una guitarra acústica, el golpe seco de una pandereta o una voz aterciopelada cantando en un idioma que no era el nuestro, pero que entendíamos con el corazón: «Aaaa, venadeeeeero…».

Bastaba ese acorde para que el aire de la casa cambiara. Tu madre dejaba a medio lavar los platos, tu abuela subía el volumen del televisor de perilla —o de aquellos primeros artefactos a color con control remoto que eran el orgullo de la cuadra— y el Perú entero se mudaba, por una hora, a las haciendas de cacao de Bahía, a las playas de Río de Janeiro o a los pueblos polvorientos del Nordeste brasileño donde la gente volaba o un hombre se convertía en lobo los viernes de luna llena.

Las telenovelas brasileñas no eran solo televisión; eran el sismógrafo emocional de nuestros hogares.

 

Cuando el Atlántico inundó los cerros de Lima

Mientras el país afuera lidiaba con apagones, coches bomba y la incertidumbre de una economía que crujía, dentro de la sala de la casa se construía un refugio de realismo mágico. Brasil nos rescataba de la grisura cotidiana.

Cómo olvidar el impacto de La Esclava Isaura, aquella producción que paralizó los almuerzos peruanos y nos enseñó la crueldad del comendador Almeida; o el fenómeno de Roque Santeiro, la genial sátira escrita por Dias Gomes y Aguinaldo Silva que nos hacía reír en medio de nuestras propias crisis. Las mamás de la época no veían «culebrones» tradicionales de lágrimas fáciles y huérfanos rescatados por millonarios. Veían literatura hecha televisión.

Ver una novela brasileña era un acto comunitario. Se veía con el costurero de lata de galletas danesas sobre la mesa, con el lonchecito de pan con mantequilla y café pasadito. Los niños de entonces hacíamos la tarea en el suelo de la sala, fingiendo no prestar atención, pero absorbiendo de reojo la fuerza de personajes como Tieta do Agreste, regresando a su pueblo para vengarse de la hipocresía de su familia, o la mirada de Sonia Braga en Gabriela, encarnando el universo de Jorge Amado con un aroma a clavo y canela que casi podía olerse a través del tubo de rayos catódicos.

 

La melodía perdida en la traducción

Los adultos de hoy, aquellos que entonces éramos los niños que jugaban en la alfombra, guardamos esos nombres en una gaveta especial de la memoria. Recordamos a nuestras madres suspirar, indignarse o llorar. Pero hay un detalle que la nostalgia a veces deforma: las veíamos dobladas.

Aquellas voces impecables en español neutro nos permitieron seguir las intrigas de Vale Tudo o Xica da Silva, pero nos privaron de la verdadera joya de la corona: el ritmo original de sus creadores.

Quien decide hoy estudiar portugués y vuelve a mirar esas producciones de antaño experimenta una revelación casi mística. Descubre que el doblaje, por más profesional que fuera, era como mirar una pintura al óleo a través de un vidrio esmerilado.

Aprender el idioma de Machado de Assis y de Aguinaldo Silva es recuperar la música original de esos recuerdos. Al entender el portugués, la palabra «saudade» deja de ser una traducción de diccionario («nostalgia») y se convierte en la explicación exacta de lo que sentía Isaura; comprendemos el juego de palabras de los villanos, la picardía de la malandragem carioca y la poesía áspera del sertão. Estudiar la lengua de ese gigante no es solo añadir una línea brillante al currículum para hacer negocios; es un viaje de regreso a la sala de la infancia, pero esta vez con la luz completamente encendida.

 

El hilo que nos une

Nuestras madres envejecieron y los televisores de perilla terminaron en el cachinero o en el depósito. Sin embargo, la fibra del recuerdo sigue intacta. A veces, caminas por el centro de Lima, entras a una tienda de conveniencia o subes a un taxi, y en la radio suena un tema de Gal Costa, de Caetano Veloso o de Djavan que sirvió de cortina musical para Lazos de Familia o El Rey del Ganado.

En ese microsegundo, el adulto estresado de hoy vuelve a tener diez años. Huele a la cena que mamá estaba cocinando, se siente la seguridad de la casa familiar y se comprende que Brasil, con su idioma musical y sus historias inmensas, se coló en nuestro ADN cultural para siempre. Aprender su lengua es, al final del día, la mejor manera de honrar esa memoria y darle las gracias a las tardes que nos salvaron la vida.